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Yo Director
Publicado el 10/04/2003

"Salomé", por Carlos Saura

El realizador español comenta su interpretación de la historia bíblica que inspiró su film.


Saura, en rodaje

Historia y sentido del mito

"Salomé" está libremente basada en una historia que todo el mundo conoce - o cree conocer. Todos han oído hablar de la "danza de los siete velos", de aquella Salomé que bailó para Herodes y que pidió a cambio la cabeza de un predicador cristiano que se hacía llamar "Juan el Bautista".

Pero aquella historia resulta más misteriosa de lo que siglos de interpretación nos han legado. Según los Evangelios, Salomé no pide la cabeza de Juan de "motu propio". Lo hace por complacer a su madre, Herodías, humillada por las acusaciones de aquel hombre que dicen "santo" y que la condena por haber abandonado a su esposo para vivir con Herodes, hermano del mismo. En esa versión, Salomé no es más que un instrumento de la venganza materna. En la versión de Oscar Wilde, en cambio, - y sobre ella se basa también la opera de Richard Strauss - la madre no es la instigadora sino la hija y Salomé se convierte en una adolescente enamorada de la muerte que se venga del despecho de un amante cortándole la cabeza.

Curiosamente, en las fuentes no cristianas, el personaje de Salomé sencillamente desaparece. Herodes ordena la muerte de Juan porque el predicador - o sea, el agitador - representa un peligro político. Entonces ¿quién mató realmente a Juan? ¿Salomé? ¿O su madre, Herodías? ¿O el mismo Herodes, su tío y padrastro? Como siempre, la tradición suele recoger verdades parciales o disfrazadas. ¿Quién mató al hombre santo? ¿Quién mató al que todos querían ver muerto, todos, incluso aquella joven que quizás se enamoró de él?... Cabría seguramente reinterpretar el mito buscando la realidad que esconde.

Pero en Salomé no se trata de descubrir lo que esconde el mito sino de evidenciar lo que ha convertido el incidente histórico en mito. Sin ir muy lejos se puede pensar que la idea de que una joven pida la cabeza de un hombre a cambio de un baile resulta monstruoso por la desproporción entre los términos del cambio. Es imposible no preguntarse por qué lo hizo. Y aunque la causa posiblemente fuera política, lo que despierta nuestra fascinación son claramente las connotaciones sexuales: no podemos dejar de percibir aquella decapitación como una castración metafórica. Pero seguimos sin saber por qué lo hizo.

Mi respuesta pertenece a la esfera sexual y por tanto se acerca a la interpretación de Wilde: Salomé lo hizo porque deseaba a Juan. Lo "castró" porque le quería. Desear a un ser un humano hasta el punto de desear destruirlo puede ser una aberración pero de lo que no cabe duda es que aquella aberración resulta significativa para la cultura occidental - el mito de Salomé ha inspirado numerosos artistas y, en España, deseo y muerte nunca andan lejos: el españolísimo - "la mate porque era mía" de Max Aub.

El incidente bíblico protagonizado por aquellos personajes se ha convertido en mito, posiblemente, porque desear a un ser humano contiene siempre, en germen, la amenaza de la destrucción del ser deseado. Si nos resulta tan fascinante es quizás porque reconocemos en el acto de aquella chica un impulso que dormita en todos nosotros. Por supuesto, al pedir que le entreguen en una bandeja la cabeza del hombre que desea, Salomé hace lo que ninguno de nosotros haría nunca. El deseo aparece aquí en su forma menos comedida, más salvaje y terrorífica - pocos mitos han llegado tan lejos.

En la historia de Carmen, por citar un ejemplo muy cercano, el amante despechado mata. Pero mata en buena parte para evitar que su amada sea poseída por otros. La tragedia de Salomé es otra. Juan la rechaza no para entregarse a otro u otra, sino para refugiarse en un mundo espiritual. La joven no tiene el recurso de volcar su rabia hacia una rival de carne y hueso. El "no" de Juan es un "no" incondicional. Entonces, se desata una ira desmedida. El deseo frustrado crece hasta llegar a su extremo más absoluto: destruye lo que anhela, destruyéndose a sí mismo. Cuando deja de existir el objeto, muere el deseo y muere Salomé como símbolo del mismo.

Ser de movimiento, de color y música, Salomé es sobre todo una encarnación del deseo. Al servicio de esa interpretación, decidí aprovechar las propias limitaciones del medio de expresión escogido. En el ballet, no cabe introducir diálogos. Hay que descartar tramas complejas, contradicciones narrativas, olvidarse de cualquier elemento histórico y centrarse en lo que se puede contar con los medios propios de la danza, con la música y la luz: las emociones. El flamenco de Aida Gómez, la música de Roque Baños, la guitarra de Tomatito, la luz de José Luis López-Linares y Teo Delgado, arropados todos ellos por mi visión, consiguen plasmar de la manera más sensible, más inmediatamente perceptible una historia que toca una fibra en cada uno de nosotros: la historia de Salomé.




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