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Cuesta encontrar en esta adaptación de un muy exitoso best seller las huellas de la audacia, la creatividad y, sobre todo, la poesía que Shari Springer Berman y Robert Pulcini entregaron en su ópera prima, Esplendor americano.
Por más que entre ambas películas haya más de un común denominador -ambas, en el fondo, pretenden retratar las contradicciones de la sociedad norteamericana-, se apreciaba en aquel logrado debut una profundidad visual, narrativa y estilística que brilla por su ausencia en esta suerte de equivalente cinematográfico a una tesis sobre antropología urbana escrita por un observador participante.
La narradora y protagonista es Annie Braddock, una inquieta y soñadora chica de clase media baja de Nueva Jersey que acaba de recibirse de antropóloga, cuya madre, enfermera de profesión, pretende ahorrarle privaciones futuras alentándola a buscarse un lugar en el mundo de los negocios. Pero en medio de esa ardua búsqueda en la tierra prometida de Manhattan, el azar y el destino llevan a la muchacha a cruzarse con la rica señora X y a dejarse seducir por la vida sofisticada y sin privaciones del Upper East Side neoyorquino. El precio a pagar es convertirse en niñera con cama adentro y aguantar como se pueda los caprichos de Grayer, un chico de seis años que arrastra en su comportamiento el egoísmo, la indiferencia y el desprecio hacia los demás exhibidos por sus padres.
Valiéndose de alegorías tan gratuitas como elementales (algunas de las cuales remiten literalmente a la fábula de Mary Poppins), el relato jamás se aparta de los carriles más previsibles en sus excesivos 105 minutos, con una mirada que casi nunca escapa del estereotipo forzado y el trazo exterior para describir comportamientos sociales.
Los personajes (empezando por Annie, una lánguida Scarlett Johansson) son retratados a partir de contrastes de clase tan marcados y tal falta de matices que el estudio -el film entero, al fin y al cabo- difícilmente aprobaría un examen al tomar tanta distancia de una realidad que suele ser más compleja.
Si por momentos la cosa levanta algún vuelo es porque Nueva York conserva en plenitud su fotogenia como escenario natural y porque Laura Linney compone con exactitud y admirable compromiso a esa impasible madre millonaria, fría y desdeñosa hasta el límite de lo soportable, tan parecida a Meryl Streep en El diablo viste a la moda y tan lograda como ella.
Marcelo Stiletano (La Nación) -
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