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El es un veterano cineasta francés (simpático como Jean Rochefort) que en los 70 estuvo de moda y hoy llega a Inglaterra para rodar su enésimo film. Ella (bilingüe y aún bella como Charlotte Rampling) fue la heroína de sus mejores obras, su musa inspiradora y su mujer hasta que un buen día se hartó de las infidelidades, lo abandonó (a él y al cine), volvió a su tierra y se convirtió en una gloria del teatro británico. No se han vuelto a encontrar: se evitan mutuamente. Pero nunca falta el comedido, y esta vez son los organizadores del Batar (una especie de Oscar), a quienes se les ocurre que hay que aprovechar la presencia del cineasta en Londres para distinguirlo con un premio especial a la trayectoria y no tienen mejor idea que designar a la legendaria diva para que se lo entregue.
No hace falta demasiada intuición para imaginar lo que puede pasar: dos que se sacan chispas sobre un escenario, una velada con buena repercusión mediática y un final infeliz con el homenajeado en crisis cardíaca y la estrella obligada a darle albergue en su casa. O mejor: en su mansión, porque la señora se ha casado hace muchos años con un atildadísimo aristócrata y hasta tiene un hijo treintañero que es todo un mago de las finanzas.
Lo que sigue se hace más previsible todavía cuando se advierte el embeleso con que él la contempla. Y Antoine de Caunes -libretista y realizador- no reserva demasiadas sorpresas.
Concebida especialmente para que la pareja Rochefort-Rampling apareciera por primera vez en la pantalla, la comedia cumple apenas con su objetivo de proporcionar un entretenimiento livianísimo para los admiradores de uno y otra, pero está bastante lejos de derrochar ingenio. La chispa del autor -periodista, escritor, actor y animador famoso en la TV francesa- no se percibe demasiado en la construcción del enredo, con todos los vaivenes y las derivaciones cómico-sentimentales que a nadie le costará conjeturar tomando en cuenta el punto de partida, aunque sí asoma en unas cuantas líneas de diálogo ocurrentes que los intérpretes -y no sólo los protagónicos- saben decir con graciosa naturalidad.
Los altibajos del cineasta son notorios: por un lado, desaprovecha la escena del encuentro forzado, exagera con el trazo grueso al presentar a un adinerado y vulgar mecenas y más de una vez insiste en el chiste fácil; por otro, sabe sacar provecho de sus actores y hasta llevar a buen puerto el momento en que de las cenizas vuelve a revivir el antiguo fuego. A los protagonistas les cuesta poco resolver el compromiso. Los secundan con eficacia Ian Richardson, Isabelle Nanty y Simon Kunz.
Fernando López (La Nación)
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