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Resulta imposible ahondar en los valores de Transamérica sin empezar por la sublime actuación de Felicity Huffman, una de las populares amas de casa desesperadas de la pantalla chica. No se trata de un virtuoso despliegue de técnicas interpretativas y de modulación de la voz, de transitar por situaciones extremas o de someterse a profundos cambios estéticos con la ayuda del maquillaje. Lo que hace memorable su trabajo es la sensibilidad, la dignidad, la integridad que esta actriz le aporta a un personaje en plena metamorfosis física, afectiva y emocional, ya que Huffman encarna aquí a Bree, un hombre que desde siempre se ha sentido mujer y al que le falta una semana para operarse para el cambio definitivo de sexo.
Esta opera prima del guionista y director Duncan Tucker está lejos de ser una película revolucionaria (por momentos cae incluso en algunos lugares comunes de las road-movies y ciertos estereotipos de los relatos sobre la reconciliación entre padres e hijos adolescentes), pero hay que agradecerle a esta pequeña producción independiente, rodada con apenas un millón de dólares de presupuesto, que se aleje por completo del didactismo de tantos artistas que militan por la diversidad sexual, de los excesos sentimentales tan propios del melodrama hollywoodense bienintencionado, del sensacionalismo del cine de explotación y de la gravedad y la explicitud en la denuncia de films "importantes" como Los muchachos no lloran .
En el inicio del film, Bree consigue las firmas médicas necesarias para someterse en un hospital público a la operación transexual que tanto desea.
Sin embargo, una llamada inesperada le cambia nuevamente la vida: al parecer, habría tenido un hijo de 17 años -hoy devenido en taxiboy, adicto a las drogas y encarcelado en Nueva York- producto de una relación pasajera con una joven en épocas universitarias.
Por presión de su terapeuta (Elizabeth Peña), Bree viaja desde su casa de Los Angeles hasta la prisión estatal neoyorquina para rescatar a su hijo (Kevin Zegers), pero, incapaz de explicarle la complejidad de su situación, se hace pasar por una misionera cristiana y emprenderá con ese adolescente tan rebelde como descontenido al que no conoce un largo viaje en camioneta para cruzar el territorio norteamericano y regresar a California.
Con algo de Thelma&Louise, de Las confesiones del Sr. Schmidt y de la reciente Flores rotas, Transamérica ofrece pasajes emotivos, románticos -como los flirteos con un veterano vaquero de origen indio (Graham Greene)- y también hilarantes -como el encuentro de la protagonista con su patética familia, liderada por su despótica madre (notable participación de Fionnula Flanagan)- que en muchos casos funcionan de forma aceitada y en otros lucen demasiado codificados y hasta algo artificiales.
De todas maneras, más allá de los aciertos y de los desniveles dramáticos que entrega en su debut ese promisorio artista que es Duncan, son los matices, las contradicciones íntimas, las sensaciones que transmite la heroína que compone Huffman en su misterioso, doloroso y fascinante doble viaje -tanto exterior como interior- los que hacen de Transamérica una experiencia cinematográfica difícil de olvidar.
Diego Batlle (La Nación)
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