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Corren los últimos suspiros de los años 40 en el norte de California. Un peluquero, que trabaja junto a su cuñado en una peluquería para varones, ve transcurrir, lentamente, los rutinarios días frente a sus ojos, sin sobresaltos ni problemas. Ni siquiera la elección de un corte de cabello puede alterar la mecánica diaria del movimiento de sus manos: hay un catálogo pegado en la pared con los cortes posibles. No son muchos pero son suficientes, los clásicos, los que todo peluquero conoce. Su trabajo le da un buen hogar pero él no está satisfecho con su vida.
Cuando un día Ed Crane, así se llama, se entera de un negocio muy lucrativo (Limpieza en seco) que requiere un socio vislumbra la posibilidad de vengarse de su esposa, una contadora muy expeditiva, y apostar a un futuro lejos de esas nucas y de la verborragia incontinente de su cuñado. Decide chantajear al adúltero para conseguir el dinero. Sin embargo, no funciona como espera y todo se dirige en la dirección que Crane no planeaba.
Tal vez lo más evidente del último film de los hermanos Coen sean tres elementos muy interesantes, dos nuevos y el último ya característico, que contribuyen una bienvenida cohesión.
Primero, el ritmo continuo, inalterable, y parsimonioso de la narración. Una voz en Over, la de Ed crane, el protagonista del film, narra y al mismo tiempo sirve de modulador del movimiento, del espacio y del tiempo. El papel de Thornton es meticuloso, su actuación es impecable. Desde que el film abre, su voz, con buen sonido y claridad en la pronunciación, conduce al espectador por los pensamientos que provienen de una personalidad introvertida y tímida, pero segura de sus principios.
Segundo, el uso del blanco y negro como tributo declarado a los policiales negros de los años 40. Especialmente dedicado al escritor "amarillista" (en el sentido original del término) James M. Caine, quien se especializó en retrartar a trabajadores comunes que el lector podía ver cotidianamente. Como por ejemplo en "El cartero llama dos veces". Tay Garnett llevó este texto a la pantalla en 1946. Pero el homenaje viene desde "Barton Fink", cuando un corredor de seguros y un guionista tenían papeles protagónicos en una Beberly Hills vegetativa y soleada.
A propósito de "Barton Fink", la fotografia es de Roger Deakins, colaborador habitual de la dupla desde este film. Su trabajo es soberbio, de una sensibilidad inusual. Se aleja de los extremos de la paleta y busca atenuar los claroscuros. Por lo tanto, el film está controlado por una increible gama de grises, incluso, algunos hasta ahora practicamente desconocidos. El granulado de la película ahora es más fino y permite capturar sutiles diferencias de tonalidad. "The Man Who Wasn't There" poseé una magnífica riqueza monocromática.
Tercero, un guión sólido y preciso que se ha transformado en una marca propia de los Coen. Diálogos concretos, sin palabras superfluas ni adornos mal paridos. Si a esto se suman actuaciónes espléndidas se obtiene un film cuya narración fluye como un motor recien ajustado. Silencios bien incorporados que la cámara para parece aprovechar (Crane fuma en la oscuridad), insinuaciones que el espectador completa en su mente (Crane y la pequeña Ann), escenas extraídas del absurdo (el auto que vuela), coincidencia con acontecimientos históricos (como lo ocurrido en Rockwell), razonamientos circulares que pueden estar vacíos pero en cambio no lo están (el speech del abogado), etcétera.
El film gano una veintena de importantes premios y compartió el premio a la Mejor Dirección, en Cannes, junto con "Mullholland Drive" de David Lynch.
Andrés San Martín
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